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Reseña de Hijas del Miedo, de la Asociación de Mujeres Juezas de España

Aviso: este texto contiene algún spoiler.

Quisiera comenzar esta reseña con un epígrafe del texto de la magistrada Cira García Domínguez del juzgado de Violencia sobre la mujer de Getafe, porque transmite el espíritu de todo el libro.

“Hay historias que nos impactan, que nos sacuden el alma y nos acompañan para toda la vida”.

La Asociación de Mujeres Juezas de España reúne profesionales de distintas comunidades. Este libro es una colección de narraciones de casos y de experiencias personales de juezas, magistradas, letradas, abogadas y de los diferentes aspectos que puede adquirir la llamada violencia de género en las leyes y vocabulario en uso, cuando se debería decir violencia de sexo o violencia machista. Un hombre que diga haber “transicionado” a mujer utilizará la expresión violencia de género pero su sexo sigue siendo masculino y puede ejercer violencia contra una mujer.

Es importante mencionar los nombres de las autoras ya que demuestran gran valentía y decencia al escribir este libro. Son profesionales designadas para atender estos casos en distintas comunidades y ciudades del país y en sus relatos nos permiten captar sus experiencias personales ante los distintos aspectos de esta violencia, desde el inicio sutil, pasando por la violencia psíquica y el maltrato físico hasta incluso la muerte de las mujeres. 

El libro está dividido en cuatro partes y empieza con un prólogo firmado por Raquel Orantes, en homenaje a su madre, Ana Orantes, que quiso aprender a escribir para firmar su DNI.

Primera parte:La infancia no se toca”

Escriben en este apartado: Ana Libertad Laliena Pedrafita, Isabel Giménez García, María Gavilán Rubio, Lara Esteve Mallent, Flor de Torres.

Una mujer hace una llamada y luego al llegar al juzgado no quiere declarar.  Dice que se equivocó. El marido, dice, es un padre ejemplar. La jueza no insiste, pero sabe que es mentira. 

La hija luego se decide a contar que la han llevado al médico porque el padre le pega. Y también a la madre. Pero ésta insiste en que su actividad dedicada a la hija sirve para que el hombre pueda hacer su trabajo.

En otro relato se refiere la autora a la carta de una niña cuya madre había huido a la comisaría, pero temía por la vida de la niña, hija de ese padre violento, y les asignan una vivienda para que puedan estar, una casa de acogida.

El relato “Cosas que nunca te dije” está escrito en primera persona. Trata de una joven inmigrante. Hace trabajos de hostelería y limpieza. La hija ve que su padre maltrata a la madre y se da cuenta de la realidad comparándola con la de las niñas del colegio. La jueza examina las medidas que tomó el juzgado de Valencia.                                                

Permite las visitas del padre en el punto de encuentro. La niña, en el juzgado, dice que cómo puede ser obligada a ir con ese hombre, que no es su padre, porque un padre quiere y cuida a sus hijas. Por lo tanto, ése no es su padre. Pero la madre no había querido declarar. Y entonces se quedó sin protección. La jueza le manda a la niña una carta al colegio para tranquilizarla. Seguía viviendo con su madre y en el relato le explica que pone con su trabajo su granito de arena para que la vida sea mejor.

El cuarto relato es “Casa de muñecas”, es un cuento de una niña en primera persona. Sus padres están separados y la madre quiere entrar en una casa rosa que es en verdad un burdel. La niña tiene miedo sola dentro del coche. Todo esto se metaforiza en un juego con una casa de muñecas una vez que la madre y la hija están a salvo.

El quinto relato se llama “La fuerza de lo invisible”. Las juezas encuentran casos como si fueran relatos literarios.  Es lo mismo que hizo Sigmund Freud con sus casos clínicos, son fáciles de leer y de entender. Había que llevar a la niña Vera a un lugar seguro. La jueza no sabía que en su casa la nena tenía un escondite hasta que todo pasara, el peligro terminaba con un grito y con un fuerte llanto de la madre y entonces podía salir. Las situaciones con niños y niñas siempre son especialmente complejas, no sólo por el delito en sí, sino porque suceden en un entorno de violencia que puede perturbar su desarrollo. Hay que proteger enseguida a los niños. La Guardia Civil se ha presentado por denuncias de los vecinos. La mujer lo negaba hasta que encuentran a la niña metida en el armario. Pero esta vez la madre ha sufrido un fuerte golpe y está en la UCI. Traen a la niña ante la jueza, pues los vecinos han hecho la denuncia. La niña era a la vez víctima y testigo de los hechos y era importante su declaración, por eso la jueza tenía que pensar bien su interrogatorio, con el apoyo de dos psicólogas. Cuando internan a la madre en la UCI, llevan a la niña a una casa de acogida con otros niños y niñas, la tranquilizan, le dan de comer y duerme bien. Cuando tiene que ir al juzgado, a la mañana siguiente, la acompañan las dos psicólogas y le avisan de que la madre estaba fuera de peligro. El relato termina con una breve secuencia en que se entiende que Vera se ha convertido en jueza, también contra la violencia contra la mujer. 

El último título de la primera parte es “La mirada de Aarón”.  Aarón tiene 8 años, vio cómo su padre clavaba un cuchillo en el pecho a su madre y no pudo ayudarla. Siempre el padre había sido violento y no soportaba la idea de la separación, Aarón nunca podía dejar de estar vigilando. Cuando los padres se separaron, el padre, con la excusa de visitas al hijo, fue con el cuchillo y mató a la madre, le clavó el cuchillo y luego la estranguló sentándose encima de ella. Después el padre quiso asfixiar también a Aarón. Y luego el asesino se acostó a dormir entre los dos cuerpos. Cuando llegaron sus suegros al día siguiente los agredió. Aquí la jueza escribe: “Hemos fallado como sociedad. No pudimos comprender lo que encerraba el caso, para protegerlos”. La jueza termina: “Nos queda la obligación de no olvidar estos casos, la madre se había presentado, pero no había querido denunciar”. No habían sabido escuchar el silencio de Aarón.

La segunda parte: “¿Qué llevaba puesto?”

Sabemos que es una pregunta con que jueces, y a veces juezas, machistas atacan a las mujeres que denuncian los abusos. Igual que en la primera parte, las autoras, y en este apartado además una traductora, explican casos donde se aprecian las dificultades y la gran necesidad de formación de quienes se dedican a perseguir el delito de violencia machista. Se explica la función de las letradas, las fiscales y juezas en estos juzgados donde se denuncia. También describen el tipo de edificios y salas donde funcionan estos juzgados. Lugares poco hospitalarios, oscuros y fríos que amedrentan a las denunciantes. Las dudas y temores que asaltan a las mujeres que van a denunciar y las consecuencias cuando no lo hacen.

Creo que se pone poco en evidencia la cantidad de mujeres que han muerto a pesar de estar incluidas en el sistema Viogén, la falta de recursos y casas para protegerlas. Estas juezas se dedican sobre todo a explicar el problema y sus diversos aspectos, cómo las afecta personalmente. Algunas de las antiguas denunciantes estudian y luego han llegado a ser juezas. También se menciona a las agentes que acompañan a las denunciantes y cómo actúan para tranquilizarlas. El primer paso es la declaración, si es que la víctima se atreve a declarar. Luego mientras esperan las mujeres generalmente revisan lo que quieren decir, recuerdan. Temen no atreverse a pesar de la amabilidad de las juezas. Está el temor de no ser creídas. En un párrafo que muestra las consecuencias se incluye la pregunta del abogado: “¿Qué llevaba puesto?”. “Esa pregunta no se la permito”. La denunciante piensa: “Me gustaría decir que sí, que quiero contestar, aunque me queme; desde ese día, sólo puedo ponerme pantalones de chándal, camisetas y sudaderas, dos tallas más grandes para que ni yo me reconozca cómo era. Desde entonces decidí recogerme el pelo y romper con mi melena de siempre. No pintarme los labios ni los ojos. Ni ponerme rímel, ni salir de compras. Sólo por su culpa, porque me trató como si fuera nada. Como una muñeca de trapo que domina gira, muerde, mancha. Para que me muriera, para que fuera mi cuerpo el que respondiera al abismo y sin embargo sigo aquí recogiendo los pedazos que me ayudan a unir Magda poco a poco. Desde ese día preferiría haber muerto”. La jueza llama al orden al abogado. Luego, mientras la denunciante esperaba, al ver al agresor que pasaba esposado delante de ella se desmayó.

Hay casos que terminan bien, como el de esta joven, aunque después de muchos años las heridas siguen abiertas. También se narran los pensamientos de una estudiante de Derecho que acompañaba a una amiga a denunciar y que  decide  especializarse en defender a estas mujeres y aprender a hacer ese trabajo en este juzgado Se subraya que para la denunciante es fundamental ser creída.

La tercera parte: “Las que están”

Participan las siguientes autoras: Inés Herreros Hernández, Ana Fernández Valentí, Adoración Jiménez Hidalgo y Cira García Domínguez.

Tenemos un relato sobre la participación de una traductora e intérprete que se interesa por la cantidad de ciudadanas inmigrantes que denuncian.  Es importante que la traductora llegue puntualmente en el momento de la declaración. En este caso se defiende a una mujer engañada por una mafia que le da un documento falso. A la mujer la detienen en el aeropuerto. Gracias a la ayuda de la jueza y de la traductora consigue la libertad y puede reunirse con su hermana en Londres. Vemos cómo se ha producido otro tipo de violencia, la de las mafias sobre las mujeres inmigrantes. 

En el relato “Pájaros muertos” se trata de las dificultades de denunciar por la culpa (por identificación con el agresor como víctima). El marido ejerce una violencia constante contra su mujer, desde que eran jóvenes “porque la quería mucho”, pasando de las disculpas por las borracheras e insultos “porque tiene mucho trabajo” hasta la violencia física que la mujer trata de ocultar hasta que los golpes y los gritos provocan la denuncia de los vecinos. Por fin, gracias a esa denuncia vecinal, la mujer se salva.

En “Una mirada gélida” una jueza transmite la influencia que tiene en su vida el trabajo de 10 años en un juzgado de violencia contra la mujer. Se levanta pensando cuántas denuncias y órdenes de alejamiento tendrá sobre la mesa, a cuántas mujeres escuchará ese día relatando el terror que viven en sus casas, cómo le impactan y desalientan las noticias de asesinatos de las mujeres a las que no ha logrado ayudar y la satisfacción que le produce cuando le llegan noticias de que las declarantes (y sus hijos si los tienen) serán llevados a un lugar seguro. 

Pero tiene que recibir la noticia de la policía sobre una mujer acuchillada en su domicilio. Dos agentes, un hombre y una mujer, le informan que han detenido al sospechoso y que los vecinos lo han reconocido. La mujer acuchillada es hermana de una mujer a la que la jueza y su equipo lograron salvar. (¿Por qué había salido de la cárcel?). La jueza encontró a esa mujer salvada y ella le autorizó a contar la historia.

La cuarta parte: “Las que no están”

Aquí intervienen las siguientes autoras: Elena Amorós García, Margarita Rodríguez Moreiras, Susana Gisbert Grifo, Cristina Mere Bermejo y Eloína González Orviz. 

En esta parte se habla directamente del miedo. Una mujer explica que su compañero tiene celos enfermizos. Que empezó de a poco y que ahora termina en violencia física. Que ella quería ser enfermera, pero trabajaba en un bar. Era rumana. Estaba sin su familia. Un cliente la enamoró y comenzó a controlar todos sus movimientos y actividades. Al final no denunció por miedo. La jueza vio su nombre entre la lista de las víctimas de asesinato. También hay un relato interesante, por no ser sectario, sobre una jueza joven que apenas la víctima no se atreve a declarar la despide. Era ella la que tenía miedo de la situación. Luego la fiscal le llama la atención y le sugiere que cambie de juzgado. Porque así no lo hace bien.

Hay otros casos de mujeres que superan el miedo y logran escapar de los agresores gracias al sistema.

El siguiente cuento es el que da título al libro, Hijas del miedo. La autora es escritora, además de magistrada. Habla de la violencia vicaria. Y la inoperancia de una jueza que no encarcela al maltratador. En el relato una mujer mayor pone una mesa para Navidad. Pero estará sola, sin sus nietos ni su nuera. Lo hacía para castigarse a sí misma pues el maltratador había sido su propio hijo. Éste, después de la separación, se llevó al niño, que estaba con la abuela, dejando a la niña. ¿Por qué ese hombre no estaba preso, porqué tenía derecho a ver a los hijos? ¿Por qué se había dejado a los niños con la abuela siendo este hombre tan peligroso?

En el relato “Señales” se habla de la identificación de la jueza con la víctima, ya que ella también ha sido maltratada. Una adolescente denuncia a su madre por malos tratos, madre que a su vez fue maltratada por el padre de la niña Fue condenado y ellas fueron de casa de acogida en casa de acogida (nos preguntamos por qué) hasta que pudieron vivir solas. Pero ninguna recibió terapia. La chica tiene un novio controlador y la madre la castigaba por eso. La chica miente y la jueza piensa: “Ya verás lo que te pasa”. Ella lo sabe en carne propia. Lo de los celos y el control lo ha vivido ella, la jueza, que pudo librarse y seguir estudiando hasta convertirse a su vez en jueza de violencia contra la mujer.

El relato “La carta de Pablo”, escrito por la jueza y escritora Eloina González Orviz, narra la cuestión de reabrir un caso. La denunciante presentó denuncia por golpes y lesiones. El hijo mayor, Pablo, de 11 años, no quiso declarar contra el padre, que decía que la mujer se había caído por las escaleras. El asunto terminó archivado. Pero años después llega al juzgado una carta de Pablo. El padre había faltado a su promesa pues atacó al perro de Pablo. La jueza ordena reabrir las diligencias, pero le resultó difícil tomar la confesión al chico, aunque había escrito que quería declarar. Reconoce que el padre había empujado a la madre para que cayera por la escalera, la madre ahora estaba parapléjica. Y el padre había traído otra mujer a la casa y había herido al perro.  Ahora Pablo quiere irse con su hermana a casa de su abuela. Abierto el caso, ponen al padre en prisión incondicional sin fianza. Hay intervención de los vecinos y del personal del juzgado y la jueza posibilita que esos niños inicien una nueva vida.  

Como vemos, este conjunto de relatos abarca los diferentes modos de violencia y las dificultades con que se encuentran las juezas para cumplir su trabajo, así como la satisfacción de lograrlo, que será cada vez mayor en la medida en que tengan los recursos necesarios para llevar a cabo su trabajo.