Este libro se publicó en 2022 en Ediciones Érès, como La disphorie de genre. Y he decidido ahora hacer la reseña porque nuestra colega Alejandra Ruiz, psicoanalista en Buenos Aires, va a traducirla y publicarla en Argentina pues ha obtenido los derechos. Se editará en Letra Viva, en la colección Latitud Subjetiva, que ella dirige.
Es un tema que nos interesa actualmente, ya que aquí también se diagnostica como “disforia de género” a cualquier niño o niña que tiene algún malestar con su cuerpo o con los estereotipos de género que se le adjudiquen.
El libro consiste en una entrevista larga a Charles Melman que le hace Jean Pierre Lebrun, psicoanalista belga que pertenece a la Asociación Lacaniana Internacional, fundada y mucho tiempo liderada por Charles Melman. Esta reseña también quiere ser un homenaje a este gran psicoanalista, que ya no está entre nosotros y que tanto nos ha enseñado.
Lebrun comienza la entrevista recordando que hace 20 años le hizo otra, que fue publicada como L’homme sans gravité (El hombre sin gravedad) título que recordaba al Hombre sin atributos de Robert Musil. Melman responde que estamos en medio de una mutación cultural importante y que hay que analizarla para poder atender a quienes vienen a consultar.
La entrevista ha sido publicada con subtítulos como “Una libertad sin precedentes”, “La disolución de la familia”, “Especismo y anti especismo”, “Fin de la discursividad”, “Ataque al logos”, “Los efectos de la mercantilización”, “La decepción”, “El slogan ‘al mismo tiempo’ ”, “La psicosis social”… que son los temas sobre los que Lebrun le ha preguntado a Melman.
La entrevista parte de un análisis de la película La petite fille (La niña) que se presentó como un documental. Según Melman, lo que muestra la película es lo que pasa actualmente. Se ve el fenómeno social de otorgar a la madre un poder omnipotente que puede decidir lo que le pasa al hijo. Según ella dice en el film, su hijo de 5 años lloraba de dolor si no podía ser una niña, y ella no podía negarle ese “derecho”. La madre no pudo renunciar a su omnipotencia (que ocultaba su propio deseo) y no permitió al niño hacer frente a la emergencia de su propio deseo sin garantías ante el Otro. En el film el padre prácticamente no tiene peso y tampoco habla el niño llamado Sasha.
Esta película nos presenta los mismos fenómenos que se producen también en España actualmente en el tratamiento de los niños y niñas a los que se atribuye “disforia de género” sin haber antes hecho ningún seguimiento ni escucha para comprender lo que les pasa. Los “expertos” deciden hormonar y dar bloqueadores de la pubertad sin antes escuchar, obedeciendo a los mandatos de la teoría queer del supuesto derecho humano a la libertad de elegir el sexo, ya que se considera que es un constructo impuesto por la sociedad, desconociendo lo real del sexo biológico. Melman opina también que este fenómeno produce un ataque a la familia, que es la institución humana que introduce el niño a la sociedad antes de la escuela.
También abordan el tema del antiespecismo, pues se intenta igualar al ser humano con la especie animal, lo que constituye un desconocimiento voluntario de la importancia del lenguaje y de lo simbólico. Querer liberarse de su humanidad sólo puede preparar para la barbarie, afirma Lebrun.
Melman también comenta que hay una apología de la homogeneización, gusto por lo “homo” frente a lo “hetero” y el transgenerismo.
Tanto Melman como Lebrun están de acuerdo en que nos encontramos ante el triunfo de la ciencia y menos de la religión, como auguraba Lacan, o la ciencia convertida en religión. Así como hay OGM, organismos genéticamente modificados en los animales, también se puede decidir el sexo que se elige en los humanos, en lugar de que el patriarcado te lo “asigne”. Esto con la esperanza de obtener un goce más satisfactorio que el que nos aporta la diferencia de sexos y la identidad sexual, siempre conflictivos.
Entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte, ambos autores consideran que en nuestra época prevalece la pulsión de muerte, no sólo por las guerras, sino por los negativistas de las vacunas, reuniones de miles de personas que luego atestaban los hospitales (ponen a Bolsonaro como ejemplo), el terraplanismo, la negación de las clases sociales…
También acuerdan en que este movimiento atenta contra las leyes del lenguaje. Desaparece la dimensión del discurso, es decir la dimensión del otro. Sólo se admite lo idéntico y a quien discrepa se lo trata de tránsfobo, de enemigo al que hay que derrotar porque atenta contra los “derechos humanos” y las leyes apoyan esta persecución.
Recuerdan el libro de Safouan, La parole ou la mort, y señalan que con esta ideología trans se produce un “ataque al logos”. Se crea una neolengua. Este es un tema que merecería un estudio aparte.
En mi opinión los autores a veces caen en el mismo error que los transgeneristas, con fundiendo en sus frases género y sexo biológico. Género es una palabra que introdujo el psiquiatra Stoller, cuando intentaba tratar e investigar estos fenómenos en sus pacientes. Pero los psicoanalistas distinguimos entre sexo biológico y sexo simbólico, identidad que se asume al declinar del complejo de Edipo. Pero aciertan en decir que esta elección de género (en realidad de sexo) desconoce la bisexualidad del ser humano que ya había señalado Freud y que todos tenemos algo del otro sexo, aunque al final del Edipo se elige una identidad.
La ideología trans aspira al “todo”, incluso ir y venir al registro civil cuando se quiere cambiar de nuevo de sexo en su documento de identidad. Todo lo referente a lo identitario, ya sea de lo que ellos llaman racialización, concepto lo más racista posible, o las discapacidades, las migraciones, etc., son temas de reivindicación en la izquierda actual, que parece hacer perdido el norte. Nunca se considera un “derecho humano” por ejemplo, tener una vivienda o una educación superior o la sanidad universal.
Melman es muy pesimista respecto a lo que se juega en esta época, sin embargo, considera que este fenómeno no tiene futuro, porque se basa en el goce de la transgresión. A partir del momento en que nadie se oponga (como está sucediendo con la Justicia, la Sanidad y la Educación) ya no habrá el goce de la transgresión. Por eso piensa que se puede considerar como una epidemia. Aquí Lebrun le muestra que sostiene una contradicción, porque muestra los aspectos graves del “transgenerismo· provocados por el capitalismo actual y por otra parte dice que va a desaparecer. A lo que Melman contesta (y esto es muy interesante) que se impondrá una castración sin límites, que la ley del lenguaje prevalecerá con gran virulencia (vemos efectivamente en toda Europa un ascenso de los partidos de derecha y en EEUU el triunfo de Donald Trump y su alianza con Putin).
Las consecuencias generalmente irreparables de la hormonación y los bloqueadores de la pubertad, así como las horribles operaciones, producen además de enfermedades orgánicas, un borramiento de la sexualidad, la anorgasmia, la esterilidad… el borramiento de lo femenino, de la diferencia sexual. Y dice Melman: la economía no ve ningún inconveniente en el borramiento del Nombre del Padre, es decir del guardián de una restricción de los goces y nos entrega a los magníficos objetos que es capaz de producir. El ser humano en una inversión fabulosa, ya no será un sujeto en busca de su deseo, sino un miembro de una colectividad en la que participa de goces idénticos.
Melman se extiende acerca de nuestra relación con el lenguaje. Por ser hablantes, estamos siempre en relación con una pérdida. El transgenerismo no acepta esta pérdida, sin embargo, el hecho de aceptarla puede volverla creadora y alimentar el deseo. Para que el objeto sea un objeto sexual hace falta la intervención de un mito, el mito de Edipo tan denostado por la ideología transgenerista, que nos permite entrar en el mundo del deseo, todo un mundo distinto, con identificaciones, deberes y goces por supuesto.
Y Melman continúa: “la situación del niño no le permite forjar el mito edípico más que si es privado del objeto deseado”. La prohibición del objeto deseado recae sobre la incapacidad del órgano. A falta de lo cual se instala una neurosis traumática. La que se advierte en las declaraciones de los destransicionadores, acalladas por los transgeneristas, ya que cuestiona la “transición” como solución al sufrimiento de los sujetos.
Hoy en día se da preferencia a la demanda y no al deseo, dice Melman. Pero habrá que ver qué demanda. La demanda de estos grupos identitarios. No la demanda de las clases empobrecidas y desfavorecidas que no interesan al capital.
Pero en ese sentido “nadie toca a la madre”, ni los maestros que no quieren entrar en al juego transgenerista, ni la justicia, ni la sanidad. Existe, tanto en Francia como en España y muchos países de Europa, la ley llamada “trans”. Que obliga también a los padres bajo pena de quitarles la patria potestad.
Melman se extiende acerca de la binariedad. Ninguna criatura humana elige su sexo al nacer. Nace con cromosomas XX o XY. No hay una sexualidad neutra. Que la criatura sea de un sexo o de otro le permitirá su humanización. Ni el niño, ni la madre pueden elegir. La sexuación es una imposición en la que la cultura no decide. Sólo puede aceptarla para permitir la humanización. Pero Melman aquí emite su preocupación de que las técnicas científicas lleguen incluso a modificar los gametos. Es algo que tal vez veamos.
A continuación, hablando del objeto, Lebrun dice que hay que pasar por la negativación del objeto real para pasar al objeto del deseo. Y si no se realiza esta operación se transforma al sujeto-ciudadano en consumidor. El capital logra una producción de objetos que satisfacen un deseo narcisista, haciendo creer al individuo que pueden ser amos de la causa del deseo. Nos encontramos ante una mercantilización de lo que antes estaba fuera del mercado.
Se ve en la película cómo la madre atribuye al niño lo que es su propio deseo de tener una hija. Y entonces empieza la ronda de la mercantilización, las drogas varias, luego las cirugías y la venta de pedazos del cuerpo, la dependencia de las hormonas para toda la vida, para goce de las compañías farmacéuticas y de los cirujanos.
Hay un subtítulo sobre la decepción. Que hoy vemos aparece en quienes se arrepienten de su transición, ya que su malestar psíquico continúa. El supuesto ideal se verá cuestionado. Sólo se puede sostener en lo imaginario. En lo real del cuerpo un hombre no será una mujer, tendrá que luchar permanentemente contra ese cuerpo que insiste, y lo mismo para una mujer. Tendrán que enfrentarse con el otro, por ejemplo, con una mujer lesbiana que no quiere tener relaciones con una mujer trans, y otras situaciones, como enfermedades físicas provocadas por las hormonas, anorgasmia, esterilidad…sólo para mantener una imagen.
Se ve bien en el sufrimiento de los travestis, cómo el cuerpo es estúpido, no se deja convencer, continúa desesperadamente su resistencia. Lebrun contesta que si un psicoanalista quiere explicar estos procesos será tachado de “tránsfobo” o de viejo reaccionario. Entonces se pregunta qué hacer, porque guardar silencio es hacerse cómplice del proceso.
Ya en 1990 Marcel Czermak hablaba del transexual y lo consideraba una psicosis. Pero no es lo mismo que el término “trans”. Allí pueden ocultarse distintos diagnósticos, pero como no “se debe patologizar” nadie consulta hasta que no aparecen las graves consecuencias. Primero los sujetos se entregan a los avances de la medicina. Pero esta nueva norma del transgénero está construida sobre premisas falsas.
Ya hay algunos países que están prohibiendo la hormonación y el bloqueo de la pubertad en los menores. Pero a pesar de esas excepciones, Melman concluye que nos encontramos ante una psicosis social. El “nombrar para” de la madre sustituye al Nombre del Padre. La organización familiar cambia, hay un padre negativizado y esto produce una aspiración a la autoridad, al tirano, lo que vemos en la elección de Trump para la presidencia de EEUU y el ascenso de las fuerzas de ultraderecha.
Los psicoanalistas pueden opinar, escribir, pensar esta época. Pocos pacientes “trans” se acercan al psicoanálisis, porque tienen sus psicólogos expertos en la materia. Este pequeño libro es muy necesario para comprender y pensar esta nueva ideología, sus causas y sus consecuencias.
Escrito por Graziella Baravalle